El trauma sexual puede impactar profundamente la capacidad de conectarse con el propio cuerpo y con otras personas en la intimidad, pero tiene tratamiento.
El trauma sexual —que puede incluir abuso en la infancia, agresión sexual, experiencias de coerción, o cualquier vivencia sexual no consentida— deja huellas en el sistema nervioso que pueden manifestarse de muchas formas en la vida íntima adulta: miedo al contacto físico, disociación durante el sexo (sensación de "salir del cuerpo"), dificultad para excitarse o llegar al orgasmo, dolor físico sin causa aparente, o relaciones con patrones disfuncionales.
Estas reacciones no son señal de debilidad ni de estar "rota/roto": son respuestas adaptativas de un sistema nervioso que aprendió a protegerse. El cuerpo recuerda el trauma incluso cuando la mente ya no lo procesa de forma consciente, y esto puede activarse en situaciones de intimidad que en algún aspecto (sensorial, emocional o contextual) recuerdan al trauma.
El tratamiento del trauma sexual requiere un enfoque especializado. Las terapias basadas en el trauma (como EMDR, terapia somática o terapia cognitivo-procesamiento del trauma) son efectivas y pueden complementarse con terapia sexual para el trabajo específico en la esfera íntima. El proceso lleva tiempo, pero la recuperación es posible.
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