El estrés es uno de los factores más comunes que inhiben el deseo sexual, tanto en hombres como en mujeres.
El estrés crónico tiene un efecto directo sobre el deseo sexual a través de varios mecanismos fisiológicos. Cuando el cuerpo está bajo estrés, produce cortisol, la hormona del estrés, que en niveles elevados suprime la producción de hormonas sexuales como la testosterona y el estrógeno. Además, el sistema nervioso en modo "alerta" dificulta la relajación necesaria para que el cerebro pueda procesar estímulos eróticos.
Más allá de lo hormonal, el estrés también afecta el deseo a nivel psicológico. Cuando la mente está ocupada con preocupaciones, plazos, conflictos o responsabilidades, es muy difícil estar presente durante un encuentro sexual. El deseo requiere cierta disponibilidad mental y emocional, y el estrés actúa como un "bloqueador" que impide acceder a ese estado.
Reconocer que el estrés está afectando tu deseo es importante para no interpretar su ausencia como un problema de pareja o una señal de que algo está mal en ti. Trabajar en la gestión del estrés a través del ejercicio, la meditación, el descanso y la reducción de cargas puede tener un impacto significativo en la vida sexual. Y si el estrés se ha vuelto crónico, el apoyo terapéutico puede marcar una gran diferencia.
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