El alcohol y otras sustancias modifican la respuesta sexual de maneras complejas que van más allá de la desinhibición que suele mencionarse.
El alcohol es la sustancia psicoactiva que más frecuentemente se asocia al sexo culturalmente, a menudo como desinhibidor. Efectivamente, en pequeñas dosis puede reducir la ansiedad social y sexual. Sin embargo, el alcohol es un depresor del sistema nervioso central: en cantidades mayores afecta la erección, reduce la lubricación, enlentece la respuesta sexual y deteriora la coordinación. A largo plazo, el consumo crónico daña los nervios periféricos implicados en la función sexual.
Otras sustancias tienen efectos distintos: la cocaína puede aumentar el deseo inicialmente pero dificulta la erección; el cannabis tiene efectos variables (puede amplificar sensaciones en algunos y generar ansiedad en otros); las metanfetaminas se asocian a hipersexualidad y conductas de alto riesgo. La heroína y los opioides suprimen fuertemente el deseo y la función sexual.
El uso de sustancias como "muleta" para el sexo —necesitar estar bajo los efectos para tener relaciones— puede señalar dificultades sexuales o de intimidad subyacentes que merecen atención terapéutica. Si reconoces este patrón en ti, es un buen motivo para conversar con un profesional en un espacio sin juicio.
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